sábado, 6 de agosto de 2022

Cookie

Cuando hablo contigo, no siento que soy demasiado.

miércoles, 20 de abril de 2022

Uno en un millón



Soy maniática, lo reconozco.
Me gusta limpiar la arena en las fotos grano a grano.
Me gusta que mis llaves estén ordenadas de más pequeña a más grande, y me flipa que eso coincida con el orden en el que las uso para entrar en casa.
Necesito que todos los tenedores y cucharas miren hacia arriba en el cajón.
Y siempre me como los filetes de forma lineal, empezando por la izquierda.

Pero hay una manía con la que no disfruto, y es la de detectar a un narcisista a cientos de kilómetros de distancia y empeñarme en que es especial.

Una vez detectado, inicio el acercamiento. Entonces escojo meticulosamente las palabras que dice, para conservar aquellas que le hacen especial y descartar las que no. Cherry-picking lo llaman los angloparlantes.

Hace unos años, cuando estudiaba repostería, un día decidí hacerle a mi goloso novio mi tarta favorita: la Selva Negra. Compré las cerezas con mejor pinta que encontré. Eran gordas, oscuras, tersas y sabían genial. Empecé a partirlas una a una para hacer el relleno. Tiré las primeras cinco o seis al ver que tenían un gusano dentro, y entonces mi madre, que me estaba observando, me dijo... ¿Por qué las tiras? ¡Porque tienen gusanos, mamá! ¿No sabes que las cerezas que tienen esa buena pinta tienen siempre gusano? ¡Llevas comiendo cerezas con gusano sin quejarte toda la vida!

Qué asco.

Lo más divertido del cherry-picking es que eliges las cerezas (y a los narcisistas) por cómo son por fuera, y hasta que no las partes no descubres la terrible verdad: esa jugosa cereza no era más que otra de las 999.999 en un millón.

lunes, 21 de marzo de 2022

El día que borré Tinder

Es de Manchester. Viene a España unos días para hacer el camino de Santiago. O eso piensa, no entiende que caminar de Santander a Gijón no es "hacer el camino". Que si no llegas al sufrimiento físico y emocional no es una experiencia tan impactante.

Me apetece hablar en inglés un rato, a él le apetece que lo lleven a sitios, así que quedamos en el centro y tomamos un par de birras antes de ir a un concierto en uno de mis bares de siempre. Al ir al baño se le caen dos condones al suelo. Les hago una foto, se la mando a mi amiga y nos reímos. Siempre que quedo con un tío de Tinder aviso a alguna amiga por si es un asesino. No tiene pinta de asesino. Cuando vuelve del baño, un chico que está sentado detrás le toca el hombro y sonríe, señalando el suelo. Se agacha avergonzado y finge que no hay nada en el suelo. Yo finjo que no lo veo meterse los condones en el bolsillo.

En el concierto hay mucha gente conocida. Algunos encima del escenario. No me gusta el rock, pero me lo paso bien y me relajo. Me relajo tanto que no me da demasiado asco cuando me da un beso. No me gusta y no sabe besar, pero últimamente escasean los besos. Como es un peregrino, le digo que se puede quedar en mi casa, pero soy honesta y le digo que no me apetece follar. En casa me da un pequeño ataque de ansiedad, me tomo un valium, hago té y me voy a dormir.

No ronca, y yo no sé que estoy a punto de desear que roncase. Estoy dormida cuando noto que está encima de mí. Me desperezo y se tumba a un lado. What were you doing? No contesta. Were you having sex with me? Yes. And..? No contesta. Did you just come inside me? No contesta. Lo repito. No contesta. Lo grito. Yes. What the fuck is wrong with you??!!?! Lo empujo. You're going out right now to buy the pill. I don't know the city and I don't speak the language. If you're old enough to rape a sleeping person, you're old enough to go out and buy a fucking pill. Figure it out. Mis argumentos son indiscutibles. Al rato vuelve y me tomo la pastilla. In different circumstances I'd make you a nice breakfast, but you need to get the fuck out of my flat NOW. Lo echo de casa, quito las sábanas, borro mi cuenta de Tinder y hago la colada. Lo hago así, eficiente y fríamente, como quien conduce 1618km parando solo a repostar.

Pasa una semana y estoy con amigos en un bar. Entra la policía a hacer una redada. Me registran, no tengo nada. Pregunto qué está pasando y me gritan que me mantenga contra la pared. Empiezo a llorar. No entiendo por qué, normalmente me comporto con la policía: estoy acostumbrada a sus abusos y me dan miedo. Como estoy temblando, me sacan fuera y me vuelven a registrar, tres veces más, ahora me meten la mano en los pantalones y me tocan por encima de la ropa interior. Pierdo los papeles y grito. No entiendo por qué, normalmente me comporto con la policía: estoy acostumbrada a sus abusos y me dan miedo. Mi amiga sale del bar y discutimos, ella no entiende por qué estoy así y yo tampoco.

Pasa otra semana y estoy en la calle. Alguien me adelanta caminando y me asusto. No entiendo por qué, no tiene pinta de asesino. Pasa otra semana y empiezo a recordar cosas en momentos aleatorios, inconvenientes. Cuando lo recuerdo me da ganas de vomitar, en ocasiones lo hago. Empieza a darme asco mi cuerpo. Además no me viene la regla, pero hago un test y sale negativo. Siguen pasando los días y eventos normales me hacen reaccionar de formas inesperadas, exageradas. Un conocido me manda un gif sexual en medio de una conversación no sexual. Lo borro. No sé por qué me mandas esto, no quiero verlo. Era para ver cómo reaccionabas. No me escribas más.

Voy al bar de los miércoles. Uno de los habituales que está allí me escribía cuando estaba borracho hasta que lo bloqueé y ahora me mira raro. Otro intenta llamar mi atención de cualquier manera. Pienso en los pavos reales, pero él no es bonito como un pavo real. Otro no sabe ni cómo me llamo, pero me invita a un concierto. Me agobio y me voy. Uno de ellos me sigue. Quédate, es mi cumpleaños. Si es tu cumpleaños quédate tú, yo me voy a casa que mañana trabajo. Pues me voy contigo. No, no te vas conmigo, te das la vuelta ahora mismo o me pongo a gritar.

Me sorprendo a mí misma mirando con rabia a la gente por la calle. No encuentro en mi catálogo de expresiones la sonrisa que normalmente me sale por defecto. Se lo cuento a una persona y me dice que vaya a la policía, pero yo estoy acostumbrada a sus abusos y me dan miedo. Se lo cuento a otra persona y me dice que tuvo experiencias parecidas y las obvió. Se lo cuento a una tercera persona y me dice que lo que necesito es un buen polvo. Me lo ofrece. Rechazo su oferta e insiste. Me dan asco todos. Son todos iguales. No, no son todos iguales, me niego. En la calle, decenas de camiones tocan el claxon a la vez. El gasoil está caro, crisis energética, niños muriendo. Todo a la vez. Me tapo los oídos para que no me explote la cabeza. En la gasolinera, una persona que no conozco me ofrece ayuda para hacer algo que he hecho mil veces. Ya puedo sola.

El vecino me deja regalos en el buzón, así que ahora duermo con la persiana bajada. Me miro al espejo en el gimnasio, rodeada de personas con mascarilla que gruñen. Mis pensamientos se disuelven. No tienen pinta de asesinos, pero estoy acostumbrada a sus abusos y me dan miedo. Me voy del gimnasio y me ducho en casa. Encuentro mi sonrisa por defecto, estaba en la ducha, y me la pongo en el trabajo. Alguien dice que nunca me había visto sin gafas. Alguien añade que nunca me había visto con el pelo suelto. Os estoy oyendo. Me pongo las gafas y me ato el pelo. La gente empieza a hablar en la reunión y mi cerebro empieza a hablar en mi cabeza. Todas las otras veces que alguien opinó sobre mi aspecto. Mi cerebro activa el autoplay y ya puestos me reproduce también todas las veces que me tocaron sin que yo quisiera. Y todas las que entré con miedo al portal. Recuerdo cómo me sentí todas las veces, ese peso, esa tensión. Me siento así ahora, con el peso de las gafas y la tensión del pelo.

Pongo los pensamientos a un lado, tengo que trabajar. Somatizo, me duelen el vientre y las caderas. Conozco esta sensación: ansiedad. Algo dentro de mí no encaja y mi mente y mi cuerpo me piden ayuda de la única forma que saben. Gracias, voy. Entiendo que no es culpa de mi cuerpo. Mi cuerpo supera mis crisis, me saca en bici, me enseña paisajes, olores y comida. El placer de dormir, los abrazos. Ugh, abrazos. Pensar en eso también me da asco y ganas de vomitar. Se lo cuento a mi terapeuta y me pregunta cómo me siento. Le digo que me siento como si fuera un jamón y todo el mundo quisiera una loncha. Nos reímos. Le pregunto si se me va a pasar este asco. Me dice que sí, que poco a poco, y con trabajo, sí. Me dice que lo vamos a tratar como tantas otras cosas antes. Me lo creo.

Me doy cuenta de que nunca más voy a dejar que nadie me toque si no quiero. Me doy cuenta de que nunca más voy a obviar este asco. Lo siento tan nítidamente que sé que no volveré a poder ignorarlo. Pienso que si no hubiese llegado a este sufrimiento físico y emocional no sería una experiencia tan impactante. Sé que puedo sentir el dolor y hacerme más fuerte. Decido usar esto para sanar de paso mis viejas heridas. Mi especialidad. Siento aún más amor que antes por las pocas personas que tienen un interés genuino en mí, más allá de mi presunto atractivo. Como siempre, me prometo hablar de esto de forma abierta a partir de ahora, por si así alguien evita sufrirlo. Salgo a dar un paseo. Entro en mi bar favorito, pido una clara, me siento en una mesa, saco el móvil, elijo una foto vieja y empiezo a escribir. 

El día que borré Tinder.

lunes, 7 de febrero de 2022

Picar piedra




Más o menos por estas fechas hace 7 años que empecé a ir a terapia. Los que me conocieron antes seguramente se acuerdan de cómo era, y de lo mucho que cambié.

Los que me quieren dirán que a mejor.

Los que quieren aprovecharse de mis vulnerabilidades dirán que a peor.

Durante estos años hubo muchos momentos en los que dudé de mi progreso. Me enfrentaba a una pared altísima que parecía imposible de escalar, y muchas veces me planteaba la posibilidad de quedarme a vivir en aquel patio de luces.

E siempre me recordaba mis progresos, por pequeños que fueran, y me decía que la terapia era como picar piedra: si eres persistente, antes o después la pared pierde integridad y acaba cayendo, por alta que sea.

Y así fue. Soy capaz de hacer cosas que consideraba imposibles.

Por supuesto, una vez que la pared cayó, seguí explorando el mundo detrás de ella. Entonces aparecieron otras paredes, algunas incluso mayores y que dan más miedo. Y, evidentemente, también ahora me planteo la posibilidad de quedarme a vivir en esta bonita parcela que he conquistado.

A veces incluso doy discursos vehementes acerca de lo mucho que mola mi parcela. A la gente siempre le resulta convincente mi verborrea, pero en realidad a quien querría convencer es a mí.

Sé que tengo que seguir picando piedra, aunque mi corazón esté cansado y me diga que espere.

domingo, 6 de febrero de 2022

El eterno retorno



En 2019 vivía en Brighton. Me había mudado allí solo con una maleta y no pude encontrar ningún piso decente que estuviera amueblado, así que pasé algunas semanas viviendo entre la cama y el suelo mientras compraba todos los muebles que normalmente hay en una casa.

Un día vi un sofá en una página de artículos de segunda mano. Costaba 220 libras y se veía limpio y poco usado, así que me puse en contacto con el vendedor y después del trabajo caminé unas cuantas millas bajo el sol hasta llegar al sitio donde estaba guardado.

Cuando llegué y lo probé, pude notar lo poco sólido que era y la baja calidad de los materiales. Por aquel entonces yo todavía no sabía decir que no, así que me lo llevé igual. En cuanto se fue el tipo y me vi a solas con mi sofá y mis verdaderos sentimientos sin maquillar, me enfadé bastante. Me sentía gilipollas por haber tirado a la basura un dinero que bien me podría haber gastado en cervezas.

Pasé un par de minutos gruñendo y pensando en cosas que podría haber pagado con aquel dinero y entonces tuve una idea: no me había gastado 220 libras en un sofá inservible, me había gastado 220 libras en una lección que a todas luces necesitaba aprender. "No vuelvas a conformarte con algo que no quieras". Y se me pasó el enfado.

Por supuesto, aquella no fue la última vez en la que me llevé a casa un metafórico sofá de mierda, pero fue un gran paso hacia este momento: estoy escribiendo esto sentada en el suelo, tengo la espalda apoyada en un cómodo y caro sofá que no pagué yo, y no hay nada en mi vida que no quiera.

sábado, 1 de enero de 2022

Feliz año, por favor



Ya sé que no tiene lógica pensar que las rachas se adaptan al calendario arbitrario que usamos los humanos.

Pero a mí siempre me gustó mirar el reloj a medianoche y ver cómo cambian todos los dígitos a la vez, así que es lógico que me guste también el último día del año. Además me encantan los cumpleaños y Nochevieja viene a ser un cumpleaños mundial.

Lo más especial de este día es que todo el planeta está pensando en lo mismo y deseando un cambio. Tantos pensamientos juntos y tanta voluntad simultánea tienen que ser algo poderoso a la fuerza.

Mi pequeño ritual, como cada año, es listar las cosas que aprendí en el año que termina, y que pienso llevarme conmigo para seguir aprendiendo en el año que empieza.

En 2021:

- Perdí a mi mejor amigo, y sobreviví.

- Perdí mi bienestar físico, mental, emocional y económico, y no solo sobreviví, sino que me reí.

- Aprendí a identificar y regular mis niveles hormonales a través de pequeños actos.

- Los hombres emocionalmente inaccesibles dejaron de parecerme atractivos y empezaron a parecerme cobardes.

- Acepté que soy una persona excepcional y me merezco nada menos que personas excepcionales a mi lado.

- Dejé de darle oportunidades a la gente que no está a la altura.

- Agradecí todo lo que mi cuerpo hace por mí y lo cuidé todo lo que pude.

- No esperé al día 1 para empezar a hacer las cosas que quiero hacer.

- Seguí atreviéndome a hacer todas las cosas que me dan miedo.

En resumen, 2021 fue de lejos el año peor y más horrible de toda mi vida, pero también aprendí cosas importantísimas que pensaba que nunca iba a aprender. Así que.. gracias.

Pero espero que en 2022 toque disfrutar más y aprender menos, porque de verdad necesito un descanso.

Feliz Año Nuevo ♥ 

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Lleva tiempo



Nos conocimos por internet.

Nunca había conocido a alguien remotamente parecido y lo admiraba muchísimo, así que cuando decidió cruzarse España en coche para venir a verme, me sentía en la obligación de hacerle algo rico de comer para cuando llegase.

- ¿Qué vas a cocinar?

- Lo que tú quieras.

- ¡Lasaña!

- Vale.

- ¿¿En serio vas a hacer una lasaña??

Nunca la había hecho antes, pero sé cocinar. Improvisé y salió una rica lasaña para 6 que devoró como si no luciera un six-pack.

Un par de meses después de aquella lasaña tan memorable era su cumpleaños. Los cumpleaños son importantes para mí, así que le hice una lasaña idéntica a la primera y se la envié por mensajero a casa de su familia, donde aún vivía. Un par de semanas después de aquella segunda lasaña tan memorable era mi cumpleaños, y a él se le olvidó que los cumpleaños eran importantes para mí.

Me desgarró, pero no me permití sentirme mal porque la voz de mi madre me decía en mi cabeza que yo no había hecho aquello para conseguir algo a cambio. Solo quería alegrarle el día y lo había hecho, así que según aquella voz (ajena, aunque por aquel entonces todavía la consideraba propia) no tenía derecho a estar triste. ¡De hecho debería estar contenta!

Yo no tenía derecho a que me alegrasen el día.

Tardé años en darme cuenta de que sí lo tenía.

martes, 7 de diciembre de 2021

Cuerda de atar



Había sido él el que había sacado el tema de las cuerdas, pero fui yo la que escondió cuatro nudos corredizos en las esquinas de la cama para ir inmovilizándole las extremidades según recorría su cuerpo con los dedos, caminando alrededor de la cama.

- ¿Qué haces?

- Te ato.

Creo que para él era fácil dejarse llevar porque confiaba en mis manos. Sin embargo, cuando días más tarde intentó atarme él a mí, terminé con las piernas enredadas en un larguísimo trozo de cuerda, luchando por no moverme para mantener la farsa de que aquel caos era sólido.

Yo anhelo solidez: crecí un entorno emocionalmente caótico, así que de adulta intento construir solidez a mi alrededor constantemente. Es más fácil construirla para mí sola, claro, pero de vez en cuando invito a alguien a entrar en ese lugar en el que nunca falta de nada y todo se hace siempre con el mismo cariño. Sólido.

No todo el que entra en mi lugar lo aprecia o decide quedarse. Algunos pasan tanto rato en la puerta, cuestionándose si entrar o no, que se va el calor. Otros entran y lo ponen todo perdido. A algunos les gusta pero les abruma la solidez. Por supuesto, cada uno entra en mi lugar con su propias ataduras.

Creo que me volví una persona cuerda el día que acepté las mías.

jueves, 2 de diciembre de 2021

Night moves



It was a Saturday night and we were back home after partying. It was cold as fuck. The kind of British cold that makes your socks wet, but somehow he hadn't put his hands in his pockets all day. Until he came to the balcony to freeze with me before bed, even though he didn't smoke.

The views were fantastic from that 10th floor flat overlooking the river. Without fog you could see the whole city, from Canary Wharf to Westminster.

Earlier that day, I had slipped a note in his pocket. It was a matrioska of notes, so he would unfold one and find another one inside, to force pauses between sentences, for a dramatic effect.

I don't remember what I wrote (except for the last sentence), and I don't remember what he said back. I do remember the way he looked at me after reading it: he felt special. He was.

I've seen that expression in many faces and I loved it every time.

Please, don't let another day go by without making someone you care about feel special.

It's so easy, and makes life worth living. For all of us.

lunes, 22 de noviembre de 2021

Fe






¿Crees que tus mejores días ya han pasado o que aún están por llegar?

Do you think you've already peaked or that you're yet to peak?

martes, 9 de noviembre de 2021

Amor y ferreterías




Hace años tuve un novio al que le daban miedo las ferreterías. Nunca lo entendí, porque la familia de mi mejor amiga de la infancia tiene una y a mí me encantaba pasar tiempo allí y observar las hileras de pequeños cajones que llegaban hasta el techo y que contenían todo tipo de clavos.

Supongo que heredé de mi padre (que lo guarda y lo ordena todo meticulosamente) el gusto por los cajones llenos de clavos.

A aquel novio también le daban miedo las tormentas. Nunca lo entendí, porque me crié en la montaña y no había nada mejor que ver una buena tormenta desde la ventana. Y a riesgo de ser un cliché, me encanta esa sensación de rendirme y dejarme empapar debajo de una tormenta.

Supongo que heredé de mi hermana (que se ponía margaritas en los agujeros de las orejas) el gusto por la bohemia y saltar en los charcos.

Hay otra cosa que tienen en común las ferreterías y las tormentas. Y soy yo! Soy una tormenta, tienes que disfrutar de la intensidad ocasional y saber mojarte para estar conmigo. Y también soy una ferretería. Porque, como un clavo saca a otro clavo y yo me enamoro rápido, tengo una colección de clavos para la que ni el mismísimo Baldomero tendría bastantes cajones.

Y lo bien que me lo paso.

martes, 2 de noviembre de 2021

Luz de gas



Llevaba un par de semanas sintiendo que estaba loca. Que su noción de la realidad estaba desviada y de alguna manera había inventado un mundo que no se correspondía con lo que en realidad había pasado.

Hasta que la otra noche se acostó y no podía dormir. Nada fuera de lo habitual, pero esta vez no era autocrítica lo que la mantenía en vela, sino un recuerdo, o el atisbo de un recuerdo al que no conseguía sacudirle el polvo.

Había llegado a creerse que sus propias ganas de conectar con otra persona habían intoxicado su percepción. Después de tantos pequeños ladrillos que habían ido construyendo un muro azul granítico, ni siquiera recordaba a qué se aferraba, y lo achacaba todo a algún tipo de trastorno patológico, inherente a ella, del que jamás se podría liberar.

Ahogada por la frustración que intoxicaba el aire fuera de la cama, estiró el edredón sobre su cabeza, abrazó la almohada y respiró. Entonces olió el Mimosín. Olía igual que su tía Prisca, aquella mujer guapa, alegre y cariñosa que de cuando en cuando alegraba los fines de semana con sus visitas, en las que siempre traía algún tesoro de Oviedo. Hay que señalar que, por aquel entonces, Oviedo era una exótica gran ciudad.

Este recuerdo cálido lubricó sus neuronas y de repente muchos recuerdos, que habían sido ninguneados por las incoherencias del pasado más reciente, salieron de golpe como sale el pegamento del tubo cuando el orificio se ha quedado reseco.

Recordó aquella vulnerabilidad tan valiente, las conversaciones, las risas, y las siestas en el sofá. Recordó los motivos sólidos por los que había llegado a sentir lo que sentía, y por fin afloró el maldito recuerdo que no la dejaba dormir.

- Tengo miedo.

- ¿De qué?

- De esto.

- ...

- Siento que estoy mejor contigo que sin ti, y me da miedo.

- Pero de eso se trata, ¿no? De dejar entrar en tu vida únicamente a las personas que te hacen sentir mejor con ellas que solo.

- ¿Me puedo quedar a desayunar?

- Claro.

De repente la tristeza se convirtió en calma. Encendió una luz suave y, por fin con sueño, apuntó en la libreta que vive en la mesita de noche "estoy mejor, qué miedo", por si al despertarse había olvidado de nuevo que no estaba loca.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Remate final




Hace unos meses, cuando dormía en la cama que tú conociste, saqué esta foto. Me pasé un rato dándole vueltas y al final la dejé olvidada en alguna carpeta del ordenador.

Veía aquel piso angosto y poco fotogénico, no me sentía muy inspirada para hacer fotos allí.

A lo mejor era yo la que estaba angosta y poco fotogénica porque, cuando vi esta foto hoy mientras ordenaba archivos, me gustó mucho más que cuando la saqué en diciembre de 2020. "Tenía que haber hecho más fotos en aquella cama" pensé.

Por aquel entonces no te conocía, Toffe seguía vivo, Moka no había nacido, y yo no sabía a qué olía Logroño, lo que era tener un accidente de coche, que la policía amenace con tirar la puerta de mi casa, que se me caiga el pelo a puñados, o llevar un cabestrillo.

O sea, que soy mucho más sabia hoy, y hoy vi esta foto y me gustó.

También vi muchas otras fotos, claro, unas 5000 fotos diría yo.

Cuando ordeno fotos, como cuando ordeno lo que sea, lo hago concienzuda y fríamente, sin dejarme llevar por las emociones. Las miro TODAS, elimino las que están repetidas, borrosas, quemadas o no tienen ningún valor. Las demás las organizo por fecha y temática, hago tres copias de seguridad, las imprimo y las guardo ordenadas en una caja.

Siguiendo mi sistema, eliminé alrededor del 90% de las fotos en las que salías tú, pero no lo hice con rencor, sino con la misma indiferencia con la que sacudo la arena de la toalla al irme de la playa: no tiene ningún sentido llevármela.

No las borré todas, claro. Hay una foto en la que sales haciéndote un café con el hornillo en alguna cuneta del País Vasco. Vi aquello y recordé tu discurso sibarita mientras te hacías tu café. Y me entró la risa porque, vida, hay que ser muy snob para conseguir ser snob en una cuneta.

Te había visto (y escuchado) hacer café en mi cocina anteriormente, pero el escenario lo hacía todo más evidente esta vez. "Tenía que haberme dado cuenta antes" pensé.

Increíble lo que cambian algunas cosas después de que la vida te vapulee unas cuantas veces. Yo sigo sin beber café, tú seguramente sigas siendo un snob.. pero ahora esta foto me gusta y tú no.

miércoles, 21 de julio de 2021

Lo demás es lo de menos



En la vida das por hecho muchas cosas.

Que las personas adultas no gritan en el trabajo.
Que la gente que dice que te quiere no desaparecerá de repente.
Que el coche no se va a jubilar justo el día de la mudanza.
Que puedes contar con tu familia.
Que un desconocido armado no intentará entrar en tu casa mientras duermes.

Ja!

¿Qué pasa si alguno de estos cimientos sobre los que construyes tu realidad se tambalea?
Sufres, repartes tu peso sobre los otros cimientos y continúas.
¿Y si varios lo hacen?
Empiezas a cuestionarte las otras cosas que das por hecho, como que mañana amanecerá.
¿Y cuando todos tus cimientos se desmoronan al mismo tiempo?
Te rompes.

El otro día yo me rompí. No me rallé, ni me descascarillé, ni me rajé, ni me quebré. Me rompí igual que un globo aterrizando en un cactus.

Pam!

No es posible volver a inflar un globo roto, y no es posible volver a meterme a mí dentro de la vida que tenía antes de romperme. O no quepo, o el continente ha perdido su integridad.

Ahora, mi principal deber es permitir que mis moléculas encuentren su lugar fuera de aquella arenosa frontera de látex.

¿Y lo demás?
Lo demás, es lo de menos.

miércoles, 7 de julio de 2021

God




Yesterday, I had a chat with my friend Pedro.


Á: I don't see the difference between affirming that God exists and denying it. Nobody knows really.

P: Nah, I know.

Á: (smirks) Oh, really?

P: Yup.

Á: And?

P: It does.

Á: ...?

P: It's me.

Á: (laughs) I see...

P: No, really, I am God. I have something inside me that produces life. I can alter my surroundings. I create stuff that didn't exist before. I can create life! What else do you understand by "God"?

Á: (smokes slowly) You mean I'm God too?

P: Sure.

Á: Cool.


We're all God.