miércoles, 20 de abril de 2022

Uno en un millón



Soy maniática, lo reconozco.
Me gusta limpiar la arena en las fotos grano a grano.
Me gusta que mis llaves estén ordenadas de más pequeña a más grande, y me flipa que eso coincida con el orden en el que las uso para entrar en casa.
Necesito que todos los tenedores y cucharas miren hacia arriba en el cajón.
Y siempre me como los filetes de forma lineal, empezando por la izquierda.

Pero hay una manía con la que no disfruto, y es la de detectar a un narcisista a cientos de kilómetros de distancia y empeñarme en que es especial.

Una vez detectado, inicio el acercamiento. Entonces escojo meticulosamente las palabras que dice, para conservar aquellas que le hacen especial y descartar las que no. Cherry-picking lo llaman los angloparlantes.

Hace unos años, cuando estudiaba repostería, un día decidí hacerle a mi goloso novio mi tarta favorita: la Selva Negra. Compré las cerezas con mejor pinta que encontré. Eran gordas, oscuras, tersas y sabían genial. Empecé a partirlas una a una para hacer el relleno. Tiré las primeras cinco o seis al ver que tenían un gusano dentro, y entonces mi madre, que me estaba observando, me dijo... ¿Por qué las tiras? ¡Porque tienen gusanos, mamá! ¿No sabes que las cerezas que tienen esa buena pinta tienen siempre gusano? ¡Llevas comiendo cerezas con gusano sin quejarte un rato!

Qué asco.

Lo más divertido del cherry-picking es que eliges las cerezas (y a los narcisistas) por cómo son por fuera, y hasta que no las partes no descubres la terrible verdad: esa jugosa cereza no era más que otra de las 999.999 en un millón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario