lunes, 21 de marzo de 2022

El día que borré Tinder

Es de Manchester. Viene a España unos días para hacer el camino de Santiago. O eso piensa, no entiende que caminar de Santander a Gijón no es "hacer el camino". Que si no llegas al sufrimiento físico y emocional no es una experiencia tan impactante.

Me apetece hablar en inglés un rato, a él le apetece que lo lleven a sitios, así que quedamos en el centro y tomamos un par de birras antes de ir a un concierto en uno de mis bares de siempre. Al ir al baño se le caen dos condones al suelo. Les hago una foto, se la mando a mi amiga y nos reímos. Siempre que quedo con un tío de Tinder aviso a alguna amiga por si es un asesino. No tiene pinta de asesino. Cuando vuelve del baño, un chico que está sentado detrás le toca el hombro y sonríe, señalando el suelo. Se agacha avergonzado y finge que no hay nada en el suelo. Yo finjo que no lo veo meterse los condones en el bolsillo.

En el concierto hay mucha gente conocida. Algunos encima del escenario. No me gusta el rock, pero me lo paso bien y me relajo. Me relajo tanto que no me da demasiado asco cuando me da un beso. No me gusta y no sabe besar, pero últimamente escasean los besos. Como es un peregrino, le digo que se puede quedar en mi casa, pero soy honesta y le digo que no me apetece follar. En casa me da un pequeño ataque de ansiedad, me tomo un valium, hago té y me voy a dormir.

No ronca, y yo no sé que estoy a punto de desear que roncase. Estoy dormida cuando noto que está encima de mí. Me desperezo y se tumba a un lado. What were you doing? No contesta. Were you having sex with me? Yes. And..? No contesta. Did you just come inside me? No contesta. Lo repito. No contesta. Lo grito. Yes. What the fuck is wrong with you??!!?! Lo empujo. You're going out right now to buy the pill. I don't know the city and I don't speak the language. If you're old enough to rape a sleeping person, you're old enough to go out and buy a fucking pill. Figure it out. Mis argumentos son indiscutibles. Al rato vuelve y me tomo la pastilla. In different circumstances I'd make you a nice breakfast, but you need to get the fuck out of my flat NOW. Lo echo de casa, quito las sábanas, borro mi cuenta de Tinder y hago la colada. Lo hago así, eficiente y fríamente, como quien conduce 1618km parando solo a repostar.

Pasa una semana y estoy con amigos en un bar. Entra la policía a hacer una redada. Me registran, no tengo nada. Pregunto qué está pasando y me gritan que me mantenga contra la pared. Empiezo a llorar. No entiendo por qué, normalmente me comporto con la policía: estoy acostumbrada a sus abusos y me dan miedo. Como estoy temblando, me sacan fuera y me vuelven a registrar, tres veces más, ahora me meten la mano en los pantalones y me tocan por encima de la ropa interior. Pierdo los papeles y grito. No entiendo por qué, normalmente me comporto con la policía: estoy acostumbrada a sus abusos y me dan miedo. Mi amiga sale del bar y discutimos, ella no entiende por qué estoy así y yo tampoco.

Pasa otra semana y estoy en la calle. Alguien me adelanta caminando y me asusto. No entiendo por qué, no tiene pinta de asesino. Pasa otra semana y empiezo a recordar cosas en momentos aleatorios, inconvenientes. Cuando lo recuerdo me da ganas de vomitar, en ocasiones lo hago. Empieza a darme asco mi cuerpo. Además no me viene la regla, pero hago un test y sale negativo. Siguen pasando los días y eventos normales me hacen reaccionar de formas inesperadas, exageradas. Un conocido me manda un gif sexual en medio de una conversación no sexual. Lo borro. No sé por qué me mandas esto, no quiero verlo. Era para ver cómo reaccionabas. No me escribas más.

Voy al bar de los miércoles. Uno de los habituales que está allí me escribía cuando estaba borracho hasta que lo bloqueé y ahora me mira raro. Otro intenta llamar mi atención de cualquier manera. Pienso en los pavos reales, pero él no es bonito como un pavo real. Otro no sabe ni cómo me llamo, pero me invita a un concierto. Me agobio y me voy. Uno de ellos me sigue. Quédate, es mi cumpleaños. Si es tu cumpleaños quédate tú, yo me voy a casa que mañana trabajo. Pues me voy contigo. No, no te vas conmigo, te das la vuelta ahora mismo o me pongo a gritar.

Me sorprendo a mí misma mirando con rabia a la gente por la calle. No encuentro en mi catálogo de expresiones la sonrisa que normalmente me sale por defecto. Se lo cuento a una persona y me dice que vaya a la policía, pero yo estoy acostumbrada a sus abusos y me dan miedo. Se lo cuento a otra persona y me dice que tuvo experiencias parecidas y las obvió. Se lo cuento a una tercera persona y me dice que lo que necesito es un buen polvo. Me lo ofrece. Rechazo su oferta e insiste. Me dan asco todos. Son todos iguales. No, no son todos iguales, me niego. En la calle, decenas de camiones tocan el claxon a la vez. El gasoil está caro, crisis energética, niños muriendo. Todo a la vez. Me tapo los oídos para que no me explote la cabeza. En la gasolinera, una persona que no conozco me ofrece ayuda para hacer algo que he hecho mil veces. Ya puedo sola.

El vecino me deja regalos en el buzón, así que ahora duermo con la persiana bajada. Me miro al espejo en el gimnasio, rodeada de personas con mascarilla que gruñen. Mis pensamientos se disuelven. No tienen pinta de asesinos, pero estoy acostumbrada a sus abusos y me dan miedo. Me voy del gimnasio y me ducho en casa. Encuentro mi sonrisa por defecto, estaba en la ducha, y me la pongo en el trabajo. Alguien dice que nunca me había visto sin gafas. Alguien añade que nunca me había visto con el pelo suelto. Os estoy oyendo. Me pongo las gafas y me ato el pelo. La gente empieza a hablar en la reunión y mi cerebro empieza a hablar en mi cabeza. Todas las otras veces que alguien opinó sobre mi aspecto. Mi cerebro activa el autoplay y ya puestos me reproduce también todas las veces que me tocaron sin que yo quisiera. Y todas las que entré con miedo al portal. Recuerdo cómo me sentí todas las veces, ese peso, esa tensión. Me siento así ahora, con el peso de las gafas y la tensión del pelo.

Pongo los pensamientos a un lado, tengo que trabajar. Somatizo, me duelen el vientre y las caderas. Conozco esta sensación: ansiedad. Algo dentro de mí no encaja y mi mente y mi cuerpo me piden ayuda de la única forma que saben. Gracias, voy. Entiendo que no es culpa de mi cuerpo. Mi cuerpo supera mis crisis, me saca en bici, me enseña paisajes, olores y comida. El placer de dormir, los abrazos. Ugh, abrazos. Pensar en eso también me da asco y ganas de vomitar. Se lo cuento a mi terapeuta y me pregunta cómo me siento. Le digo que me siento como si fuera un jamón y todo el mundo quisiera una loncha. Nos reímos. Le pregunto si se me va a pasar este asco. Me dice que sí, que poco a poco, y con trabajo, sí. Me dice que lo vamos a tratar como tantas otras cosas antes. Me lo creo.

Me doy cuenta de que nunca más voy a dejar que nadie me toque si no quiero. Me doy cuenta de que nunca más voy a obviar este asco. Lo siento tan nítidamente que sé que no volveré a poder ignorarlo. Pienso que si no hubiese llegado a este sufrimiento físico y emocional no sería una experiencia tan impactante. Sé que puedo sentir el dolor y hacerme más fuerte. Decido usar esto para sanar de paso mis viejas heridas. Mi especialidad. Siento aún más amor que antes por las pocas personas que tienen un interés genuino en mí, más allá de mi presunto atractivo. Como siempre, me prometo hablar de esto de forma abierta a partir de ahora, por si así alguien evita sufrirlo. Salgo a dar un paseo. Entro en mi bar favorito, pido una clara, me siento en una mesa, saco el móvil, elijo una foto vieja y empiezo a escribir. 

El día que borré Tinder.

2 comentarios:

  1. Se me ha estremecido el estómago al leerlo, es indignante…bueno, más bien repugnante que haya seres así sueltos. Mucha fuerza compañera. Tienes un talento increíble 🥲

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