jueves, 21 de agosto de 2014

Por primera vez.



Razona en la ducha.

En realidad razona todo el día, pero los instantes bajo el agua caliente suelen ser más serenos y edificantes. Los pensamientos suelen aparecer inesperadamente, enredados, mientras se desviste. Entra en la ducha, abre el grifo y entonces la calma le cae sobre la cabeza, la empapa, aclara sus ideas y luego resbala por su cuerpo y se cuela por el desagüe. Esto hace que tras una buena ducha se sienta limpia por dentro, no solo por fuera.

Lo curioso es que se ducha muy rápido. Tal vez si se duchase despacio no se relajaría tanto. O a lo mejor se relajaría más. O puede que se relajase tanto que su cerebro implosionaría y se le saldría, parcialmente licuado, con algún grumo, por cada uno de los orificios de la cabeza.

...

Hace dos o tres duchas, el pensamiento que la abordó fue "hace mucho tiempo que no hago nada por primera vez, que no vivo una experiencia nueva, que no conozco a nadie, que no visito ningún lugar desconocido". No fue un pensamiento negativo, ni de autocrítica, solo se dio cuenta.

"Ya no tengo edad para emborracharme por primera vez", se burló. El agua empezó a caer.

Al margen de las experiencias superficiales, la novedad había desaparecido casi por completo también en sus decisiones personales: hacía siempre lo mismo, llevaba años haciendo siempre lo mismo. Por un momento se asombró de no haber perdido por el camino las ganas de seguir haciendo siempre lo mismo.

Y mientras se mojaba y los pensamientos confusos se iban con la corriente, solo uno permanecía..

Esta vez saldrá bien.

Por primera vez.