lunes, 25 de agosto de 2014

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Todas las veces que alguien me ha preguntado por qué no me hago un tatuaje, siempre he respondido lo mismo:

Si me hubiera tatuado con 16 años alguna de las ideas que entonces creía que eran verdades universales, o alguno de los sentimientos que creía que durarían siempre, ahora esa mancha de tinta no haría más que recordarme mi estupidez pasada. No hay ninguna razón para pensar que mis ideas de ahora no vayan a parecer absurdas en un futuro no demasiado lejano.

O no la había.

Hay pocas cosas que sean inmunes al paso del tiempo. Dada la fugacidad de la vida, ninguna lo es. Y eso está bien así. De hecho, las estrellas más bonitas son las fugaces. Pero incluso dentro del pequeño paréntesis de nuestra existencia, hay muy pocas cosas que duren para siempre. Sin embargo, de una manera u otra, poco a poco todos vamos encontrando axiomas que permanecen.

El presente permanece, así que dentro de la inestabilidad, el flujo de cambios puede considerarse una constante. El proceso eterno de quitar lo que sobra y buscar lo que falta.

La vida se reduce a una sucesión de decisiones irreversibles, acertadas o no. Solo hay que alejarse de quien no te quiere y acercarse a quien te hace feliz. Y aunque haya que saber ser feliz solo, si tienes suerte encontrarás otra naranja (completa) a la que contárselo.

Ahora, que venga algún valiente y me diga qué dura más o qué vale más la pena que el amor. Y no hablo de hormonas ni de euforia pasajera. Hablo de bienestar, de felicidad compartida.