lunes, 26 de agosto de 2013

La sala de espera de la vida.



En la vida hay momentos que destacan y momentos que no. Supongo que esto sirve para dosificar la emoción y también para tener tiempo de asimilarla. Como diría el Hombre Gato, ingerir no es lo mismo que digerir, y como yo engullo como un pato, tengo unas digestiones cognitivas muy largas y pesadas.

Miro para atrás y veo muchas Ángelas, solas y acompañadas. No me reconozco en ninguna. A las de más lejos las veo ya hasta desenfocadas. Es extraño porque aún recuerdo lo mismo que ellas. Lo que vieron, lo que tocaron y sintieron. Me alegro de que se lo hayan pasado bien, pero me pregunto cuándo vendrá una Ángela nueva que sí sea yo.

La estoy esperando aquí, en la antesala de su propia vida. Como un repartidor de comida rápida que se queda en el recibidor mientras te alejas por el pasillo a buscar tu cartera. O más bien como el espectador que llega demasiado pronto al cine. Mira sus palomitas, come una, todavía está crujiente, mira las demás deseando que no se le enfríen, que apaguen ya las luces, que empiece ya la peli.

-Me aburro -digo, levantándome de mi asiento no numerado-. No pienso esperar.

Sacaré provecho a estos momentos de sala de espera. Estos momentos de ascensor de rascacielos, de pausa publicitaria de Antena3.