domingo, 22 de noviembre de 2020

Ya casi



Hace tiempo que tengo una sensación en el estómago que se parece mucho al sonido de las escobillas de jazz.

Siendo antisocial en una época en la que el gobierno desaconseja los abrazos, meter la nariz de repente en un cuello que te apetece tiene consecuencias. Olores, procesos psicobiológicos, lata abierta, gusanos por doquier.

Celina me dijo el otro día que le gusta que le cuenten a qué se agarró la gente que superó una depresión. Ella se agarró a una tabla de surf. El abrelatas a una cuchara de palo. Algunas personas se agarran al trabajo, o a otras personas. Yo me agarré a una cámara de fotos.

En mi ingratitud, invierto mucha energía y mucha verborrea en convencerme a mí y a los demás de que esto no es lo mío. Incluso me busqué un trabajo de verdad y hablo de él con (ligeramente) menos vergüenza que de las fotos.

Sin embargo, hace tiempo que sé que se puede medir cuánto me estoy cuidando por lo que abultan impresas las fotos que hago cada mes.

Creo que llegados a este punto (en el que lo tecleo en un navegador web que tiene un botón que dice "publicar"), queda claro que el gato está fuera de la bolsa, hay un elefante en la habitación y al emperador se le ve la pilila.

Tienes deberes, Ángela.

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