miércoles, 26 de febrero de 2014

Gasolina.



Ya, ya sé, hace mucho que no escribo. Tampoco me voy a hacer la interesante diciendo que andaba ocupadísima, solo que no sentí la necesidad que solía tener de compartir mi estado de ánimo a 72 píxeles por pulgada.

Hasta hoy. ¿Por qué?

Porque veo mucha gente enfadada por ahí. Y gente triste también. Y gente que se conforma con estar enfadada y triste. Incluso gente estúpida que se empeña en ello.

Yo llevo toda la vida triste, con momentos intercalados de bienestar, o incluso de euforia, pero siempre de fondo cierta sensación de insatisfacción.

-¿Qué tal?
-Bien.
-¡Mentira!

En ocasiones me obsesioné o me culpé por no saber qué hacer con toda esa frustración, pero nunca aprendí a conformarme con ella. Y, ahora que lo pienso, digo "menos mal".

Me han pasado muchas cosas malas, como a todos, desde niña. Desde quedarme sin postre a que se me muera alguien. Decepción tras decepción me fui haciendo más amarga y más triste y más aburrida. Poco a poco terminé abrazando la idea de que iba a tener que arrastrar ese peso toda la vida. Sin saber que esa idea era lo que más me pesaba de todo.

Hasta que un día me cansé y empecé a limpiar a fondo. Y como ya no queda en estas cajas nada de polvo, ni hebras de tabaco, ni pelusillas, ni nada, ahora soy libre de verdad. Libre para dejar de archivar la mierda en cajas y que todo cambie para siempre y tumbarme contigo en la cama al sol los domingos y ya está.

-¿Qué tal?
-Genial.
!