martes, 4 de junio de 2013

Risas reversibles.



El tío Domingo es un señor alto, delgado, con poco pelo y la barba blanca. Guarda su tristeza detrás de una gruesa cortina de humor corrosivo y, por mi experiencia, es un ejemplar de esa rara clase de personas que siempre tienen una mano para los demás.

Hace años, el tío Domingo me dijo esto:

La risa es un proceso reversible. Cuando te sientes bien, cuando estás contenta, sonríes, ¿no? Pues mira, también funciona al revés. Cuando estés triste sonríe, y ya verás cómo de repente te sientes mejor.

Algunas veces, cuando estoy triste, recuerdo esto pero no sonrío. Me quedo triste, abrazándome a la tristeza. Decido seguir triste, y sé que lo decido yo porque todas las otras veces que sí lo he hecho ha funcionado. Qué imbécil llego a ser.

Recuerdo cuando cazaba insectos. Una de las trampas que ponía eran pequeños botes con un poco de jabón enterrados a ras de suelo. Cuando un insecto se metía por accidente en uno de ellos, sus patas quedaban impregnadas y ya no podía volver a subir, resbalaba y quedaba atrapado.

Me he estado diciendo a mí misma que soy un insecto de patas jabonosas, que estoy atrapada, que no puedo salir de la tristeza. Y sin embargo cada vez que recuerdo la solución decido ignorarla. Lo decido yo, no hay jabón al que culpar.

Lo bueno es que me he dado cuenta. Lo malo es que no es tan sencillo modificar una reacción, está metida muy dentro de mi cerebro y no se cambia de un día para otro, sino que se educa poco a poco, igual que un bonsái.

Así que, en mi nuevo afán por reeducar mi forma de sentir y pensar, estoy haciendo muchas cosas nuevas (cuando digo nuevas quiero decir viejas), cosas que hacen sonreír, por eso me he comprado una comba. Es imposible saltar a la comba poniendo cara de perro.

A menos que te empeñes, claro, siempre tienes la opción de estar amargado, pero ¿quién la quiere?