lunes, 24 de agosto de 2015

Se llama ansiedad



Siempre clasificamos y etiquetamos todo lo que nos rodea. Ponemos nombre a las personas, a los lugares, a la comida, a las emociones y a los sucesos en general. Ponemos nombre a la gente. Este es un viejo, esta es una chica, este es un perroflauta. Y esperamos que actúen según lo que pone la etiqueta porque así sabemos cómo comportarnos con ellos. Como si fueran ropa. 100% algodón. Lavar del revés. No usar lejía.

Las etiquetas pueden resultar molestas, pero en ocasiones son útiles. Por ejemplo, ponemos nombre al catarro y así entendemos de dónde vienen todos esos mocos, la fiebre y el malestar. Identificamos los síntomas, comprendemos lo que ocurre y aprendemos a evitarlo o a actuar en consecuencia.

Yo solía sentir un malestar que no identificaba. Un malestar interno difícil de explicar que me hacía sentir lo que podríamos llamar tristeza, frustración, rabia, inquietud.. Al principio me lo ponía difícil para disfrutar de la vida, luego me quitaba las ganas de dormir, después de levantarme, y al final ya incluso de respirar.

Todo el tiempo que no le puse nombre a esa sensación, que la negué y no la compartí ni la intenté entender, no hizo más que crecer y crecer hasta que casi me come. Pero cuesta reconocer algo así porque está muy mal visto. Tiene gracia, yo diría que es tan común como todas las otras cosas que también están mal vistas.. defecar, la masturbación, sacarse los mocos..

Todo el mundo experimenta estas cosas en algún momento de la vida. Algunos nunca hablan de ello porque se avergüenzan, porque tenemos unas ganas enormes de encajar en una imagen construida por no se sabe quién, que se aleja mucho de lo que en realidad somos.

Cuando veo a alguien llamar loco a otra persona, me parece lo mismo que ver a un párvulo reírse de otro por mearse en la cama. Humillar a los demás hace que parezca que nosotros somos inmunes a la caída. Pero no.