domingo, 12 de abril de 2015

Todo y nada



Vivir en mi cabeza es agotador.

A ver si me entiendes. Lo que de verdad me gustaría sería conseguir el sabor y la textura del beicon con el colesterol de una hoja de lechuga. La perfección imposible de unos extremos que se tocan cuando yo lo diga.

Disfruto imaginando porque no entiendo el mundo real. Y no lo entiendo porque no lo sé observar. No existen los círculos perfectos, ni las líneas paralelas, ni el cero, ni el infinito. A lo mejor no existo yo tampoco.

Lo que más miedo me da es no ser lo bastante buena para las cosas que de verdad me gustan. Así que hago otras que también me gustan bastante pero para las que tengo la certeza de que soy buena. No me arriesgo a que ocurra lo que más miedo me da, oír que no he hecho perfecto algo que me gusta de verdad.

O sea, que mejor no hago nada, mejor dejo en blanco los lienzos y me dedico a garabatear en las esquinas de un cuaderno usado. Y que pinte otro, que seguro que lo hace mejor que yo. Una mierda, yo lo haría mejor. Pero no lo hago. Porque si lo hago vería que no es perfecto y prefiero no verlo.

Que levante la mano el que me haya oído cantar. Yo no canto. Porque nunca va a sonar tan bien cuando la vibración salga de mi cabeza. Porque todo es más bonito imaginado, porque la realidad es una mierda llena de imperfecciones.

Pero es la única que tengo, la única que me hace sentir cosas. Puedo imaginarme una caricia perfecta, pero sentir una real es mucho mejor, lo reconozco.

Soy una cobarde, y lo que soy es lo que me quita el sueño. Me lo quito yo, no siendo yo. Si fuera yo, no me lo quitaría.

¿Ves? Agotador.