lunes, 6 de abril de 2015

Querida Ángela


Últimamente pasan tantas cosas en tan poco tiempo, que a veces se me olvida quién soy o cuánto he avanzado. Por eso he pensado en escribirme una carta. En realidad tres. Una para abrirla dentro de un mes, otra para abrirla dentro de un año, y otra para abrirla dentro de diez años (o así).

Es algo que había pensado muchas veces antes pero nunca había llegado a hacer. Algo así no se puede hacer cada dos por tres porque entonces pierde toda la magia, hay que elegir bien el momento, y creo que este momento (las escribo mientras tecleo aquí) es uno muy bueno.

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Lo creo porque, si yo fuera la raza humana, estoy en ese punto de la Historia en el que no sé seguro si la Tierra es redonda o plana, pero confío lo bastante en que sea redonda como para subirme a un barco y ver qué hay al final de todo ese océano que se ve desde tierra firme.

Conozco mi ignorancia y mi duda, pero también conozco mi barco y aunque no puedo predecir las olas ni las tempestades, confío en mis tripulantes.

Tampoco puedo calcular la longitud con precisión todavía, así que a lo mejor termino en América en lugar de en Asia, pero oye, que aquello es bonito también.

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Antes incluso de ponerme a escribir las cartas ha pasado algo curioso. Las primeras frases que han venido a mi cabeza empezaban con fórmulas como "espero que sigas teniendo" o "espero que ya tengas". Expectativas a bocajarro.

No, no y no, de eso nada, nada de expectativas en mis cartas. No sea que acabe descubriendo un continente y me sienta decepcionada por no haber llegado a una costa ya conocida.

Supongo que es inevitable escribir alguna tontería que me haga sentir vergüencica cuando lea lo escrito hoy, pero habrá que intentar al menos tener perspectiva y alejarse de lo superficial para quedarse solo (o casi solo) con lo importante.

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Escribirlas me ha llevado un rato. Lo he hecho en papel para que no se pierda y con mi mítico portaminas de aluminio, que es a mí lo que Excalibur al Rey Arturo, porque cuando escribo cómoda me sale una letra más bonita y eso me hace sentir mejor y pensar mejor.

Mientras las escribía he ido sintiendo que conocía cada vez menos a las personas a las que estaba escribiendo y he supuesto que entonces ellas me conocerían a mí cada vez menos también.

Se podría pensar que no es lo mismo, que en el futuro nos acordamos de todo y conocemos y entendemos a nuestro yo del pasado, pero mi experiencia me dice que no es así. Es cierto que ellas tienen recuerdos de mí y yo de ellas no, pero sus recuerdos los creo yo (yo elijo qué fotos imprimo por ejemplo), así que existe cierto equilibrio.

Por todo esto, en lugar de hablar de objetivos cumplidos, básicamente les he ido explicando mi situación actual y haciéndoles preguntas respetuosamente sobre cómo les va a ellas.

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La carta más difícil de empezar ha sido la última. He escrito la fecha de escritura y la de lectura y he ido corriendo a darle mimos a Toffe. Allí estaba, en la terraza tirado al sol y ronroneando, dándome una lección de carpe diem como solo él sabe.

A la vuelta he visto a mis padres haciendo sus cosas y los he visto sanos y con energía. Después me he visto de pasada en un espejo y me he visto joven. No sé si guapa, pero joven, probablemente lo más guapa que voy a ser a partir de ahora.

Venga, sí, guapa, hoy tengo el pelo brillante y suave como nunca, unas ojeras más que aceptables para haberme despertado a las cuatro, y esta ropa me queda guay aunque esté rota. ¡Igual estoy buena y todo!

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Me siento muy bien ahora. Y no es esa euforia propia de mi personalidad disociada, no.
Es un bienestar meditado, calmado y equilibrado.
No imaginaba que tendría este efecto escribir esas cartas.

¿Qué pasará cuando las abra?

Sorpresa :)