miércoles, 13 de noviembre de 2013

Historias del Paraíso.



Esta historia transcurre en el breve intervalo de tiempo desde que Eva conoció a Adán hasta que Dios los echó del Paraíso.

Antes de todo esto, Eva vivía muy tranquila en una acogedora cuevita en el Norte. Dedicaba sus días a relajarse y disfrutar, sin mayores preocupaciones que jugar con los animales, nadar en los mares y lagos y descubrir nuevos rincones del Paraíso.

Cada noche, de vuelta a su cueva, Eva siempre recorría el mismo camino, partiendo desde el límite del bosque, siguiendo el sendero que iba hacia el Norte, y cruzando la llanura junto a un enorme árbol que nunca (al menos desde que Eva vivía allí) había dado frutos.

Una noche, creo que era miércoles, apoyado en el tronco de ese árbol, Eva encontró a otro humano. No había visto ningún otro humano antes, pero rápidamente pudo distinguir que, aunque se parecía a ella, no era exactamente igual: por algún motivo Dios no le había pegado dos hojas de parra en el pecho, que además era plano.

El humano limpiaba con las manos un fruto enorme, rojo, terso, brillante y de aspecto delicioso. Eva no conocía aquel fruto, pero desde la distancia ya podía olerlo. Su aroma era tan dulce y seductor, que se dirigió directa al humano y, sin que este apenas tuviese tiempo de verla venir, le dijo:

-¿Puedo? -y cogió la manzana.

Adán no supo qué contestar, aquello le había cogido por sorpresa. Él sí sabía de la existencia de Eva, de hecho llevaba semanas buscándola, ya que Dios le había informado de que había creado una hembra de su especie y la había soltado en algún lugar del Paraíso. Pero Adán no se esperaba para nada que tuviera esos bultos en el pecho. Su cuerpo resultaba perturbador. No entendía por qué Dios había pasado por alto aquel detalle, ni por qué estaba de repente tan nervioso.

Mientras tanto, en la cabeza de Eva, el olor del nuevo fruto había emborrachado cada neurona, cada célula. Dejándose llevar por el aroma, miró por un segundo a Adán y volvió a murmurar:

-¿Pue.. do? -y sin esperar respuesta, se acercó la manzana a la cara, la olió y la mordió.

El sabor del jugo inundó su boca, expandiéndose hacia los oídos y hasta su cráneo, aturdiéndola. Cuando hubo tragado, abrió los ojos, levantó la cara y vio a Adán, que la estaba mirando absorto.

Adán no podía creer lo que estaba ocurriendo. No sabía si estaba listo para esto que Dios le había preparado. Lo cierto es que no podía pensar con claridad, parecía como si ya no le quedase suficiente sangre en la cabeza. Justo enfrente, a muy pocos centímetros, tenía a Eva, que ahora levantaba la cabeza y clavaba sus ojos en él, con la piel completamente erizada y la boca aún entreabierta y húmeda.

Asustada por su propia espontaneidad, Eva dejó caer la manzana y salió corriendo sin pensar, dejando que la inercia la guiase. Siguió el mismo camino de cada día y, antes de recuperarse totalmente del espasmo que había experimentado, ya se encontraba de vuelta en su cueva. Se acurrucó de lado, con las manos aún entre los muslos y se quedó dormida.


. . . Continuará . . .