miércoles, 8 de mayo de 2013

Terciopelo.



Cuando era adolescente me escapaba de casa. No lo hacía por llamar la atención, ni por la emoción de hacer cosas prohibidas: lo hacía por huir. Por protegerme a mí misma de mi propia locura, aunque por aquel entonces no lo entendía.

Cuando se me acababan los recursos y tenía que volver, evidentemente tenía un gran enfrentamiento con mis padres. Ellos, imagino, se habían pasado los últimos días preocupados, sin entender la situación, y expuestos a una clase de sufrimiento que yo (a día de hoy) todavía no conozco.

Hablábamos o gritábamos, pero nadie entendía a nadie, sólo nos encerrábamos en nuestras emociones particulares y culpábamos a otra persona de todo nuestro dolor. Supongo que era más cómodo. Cómodo como dormir en una cama de clavos con tal de no ir a comprar otra.

Han pasado muchos años desde entonces, y mi postura ante los conflictos ha cambiado muchas veces. En este tiempo he visto a muchas personas diferentes sufrir de muchas maneras diferentes, y me atrevería a decir que la falta de comprensión es la causa fundamental de todo ese dolor. Para muchos resulta imposible dejar de aferrarse a su inseguridad, se sienten atacados y se defienden mordiendo, como animales acorralados.

Cuando ocurre esto me quedo bloqueada. Veo a la gente gritarse mutuamente, sin escuchar las palabras de los demás, ni siquiera las suyas propias, sólo gritan. Tienen miedo de callarse y oír algo que los haga cambiar. He intentado muchas veces romper ese muro entre las personas, decir o hacer algo que les haga ver el conflicto desde fuera. Pero nunca he sabido, o muy pocas veces.

Entonces me frustro, siento rabia, dolor, impotencia.. y no hago nada, sólo me desplomo, me consumo y sufro. A veces pasan semanas hasta que recuerdo cómo salir de esa sensación. Pero es muy fácil, sólo hay que hacer algo bonito.

Sin juegos de palabras, sin dobles sentidos, algo bonito y ya está.