jueves, 22 de marzo de 2012

Incomodador.


Cada vez voy menos al cine. No es que esté contenta ni avergonzada de ello, simplemente cada vez es más caro y cada vez me gustan menos las pelis que ponen.

Además, una horrible maldición pesa sobre mí. Hace años que ocurre. Siempre del mismo modo. Llego al cine con mi inocente bolsa de gominolas insonoras, busco un sitio agradable y espero a que empiece la película. Después de un rato se apaga la luz y aparecen los créditos iniciales. En este momento respiro profundo y pienso por fin, esta vez no.. Sonrío, y entonces ocurre. Entra una persona (estoy siendo realmente generosa con esta palabra), normalmente acompañada de un niño, y de todos los asientos libres de la sala decide que el más confortable es el que está justo a mi lado. Se sienta, abre algunas bolsas y paquetes y empieza a comer nachos. Nachos aceitosos y reblandecidos, embadurnados en ese apestoso queso naranja que odio. Juraría que está plastificado y que es venenoso, no sé.

Puedo contar el número de mascadas por nacho.

Puedo sentir la respiración casi porcina y con olor a cheddar en mi brazo derecho.

No puedo no oír al niño comentando cada escena.



No sé si no me gusta ir al cine o si es la gente directamente lo que no me gusta.